Ni olvido, ni perdono

Tras finalizar mi condición de Presidente de la Asociación de Hostelería de Bizkaia, no me resulta fácil mostrar cómo me siento. Es casi imposible, y desde luego políticamente incorrecto, expresar el nivel de animadversión, decepción, impotencia, y hasta rencor, que subyace en mí, no tanto por la existencia de una pandemia, que también, sino por la ineptitud y pésima gestión que ha acreditado el entorno institucional del que como ciudadanos dependemos.

Decía Cicerón que «humano es errar, pero sólo los estúpidos perseveran en el error». Repasando mentalmente todo lo acontecido desde febrero, incluso desde enero, hasta el día de hoy, no hay espacio suficiente para recoger la cantidad de errores que se han cometido en la gestión de las consecuencias derivadas del COVID-19; ni tengo, ni jamás tendré, la menor compasión por todos los causantes de las circunstancias que (como organización) hemos vivido y, lo que es peor, por todas las consecuencias que van a existir para el conjunto de la sociedad salvo para políticos, funcionarios y otros colectivos subvencionados.

La Administración ha tutelado, protegido e incentivado situaciones como:

  • La desaparición de funcionarios que siempre deberían haber estado a disposición de los ciudadanos que, con su trabajo o impuestos, contribuyen a que sus derechos económicos hayan permanecido inalterables (incluso con opciones de mejora) en medio de una crisis, que ha empobrecido a muchísimas capas sociales: desaparecieron sin más y los trámites burocráticos se perjudicaron hasta lo inconcebible.
  • Si el Gobierno conocía (que lo conocía) quiénes realizaban con normalidad una actividad empresarial que se veía afectada (u obligada al cierre), un mínimo de sensibilidad, y desde luego un mínimo de eficacia en la gestión, debería haber permitido establecer ayudas directas -incluso sin trámites previos- para que el cierre de esas empresas no hubiera tenido las consecuencias que va a tener: si las empresas de un determinado CNAE se veían obligadas a cerrar…, si se conocían sus titulares…, si constaba su entidad bancaria…, ¿qué problema hubiera existido en transferir de forma directa e inmediata las ayudas y luego realizar las justificaciones que procediesen? Y lo mismo respecto a los ERTEs de los trabajadores.
  • Incidiendo en el punto anterior, Hacienda ha perdido la oportunidad de incentivar a esas pymes y microempresas en función a los rendimientos que declaraba y sobre los que liquidaba sus impuestos: ¡Qué ocasión para reconocer para qué sirven nuestros impuestos!
  • Frente a lo anterior, se ha inclinado por unas ayudas escasas, difíciles de tramitar, con requisitos exasperantes, y sometiendo tales ayudas al IRPF: no voy a criticar esta última medida, pero ofende que decenas de miles de autónomos (con prestaciones, muy limitadas en el tiempo, de 700 €), tengan que tributar, mientras que aplican una exención a la tributación de las percepciones por R.G.I. que pueden alcanzar los 1.000 € (¿?).
  • No existe espacio para relacionar todos los agravios recibidos y soportados: Existen documentos que acreditan que el Sr. Presidente, Pedro Sánchez, mintió…, que el Ministro de Sanidad, Sr. Illa, mintió…; que el señor portavoz Fernando Simón, mintió; y todos ellos actuaron así al principio de la pandemia…, en la nueva normalidad…, en el rebrote…, y en todo lo que Dios quiera enviarnos.

Por mi parte, ni olvido ni perdono.

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